Volver a Mary Shelley después de Guillermo del Toro

Frankenstein 2025

Sevilla, 20 de marzo de 2026. Hay películas que adaptan una novela y películas que la despiertan. La Frankenstein de Guillermo del Toro parece pertenecer a esa segunda especie: no tanto una sustitución del libro como una invitación a regresar a él con otra mirada, quizá más vulnerable, quizá más despierta. Los materiales de presentación de la película insisten en algo decisivo: no estamos ante una simple fábula de laboratorio, sino ante una historia sobre creador y criatura, sobre padre e hijo, sobre la búsqueda de sentido y sobre la pregunta incómoda de quién merece realmente el nombre de monstruo. En el tráiler, la Criatura pronuncia una frase que funciona casi como llave de lectura: “My maker told his tale. And I will tell you mine”. Del Toro, además, describe su adaptación como la de un científico brillante y egoísta cuya creación obliga a pensar qué significa ser humano, ser criatura, ser hijo, ser padre.

Por eso ver la película y luego volver a la novela no debería entenderse como una operación de fidelidad escolar, ese viejo vicio de contar diferencias como quien pasa lista. La oportunidad está en otra parte. Está en descubrir que el libro sigue guardando zonas de sombra que el imaginario popular, y también muchas adaptaciones, han simplificado durante décadas. Jill Lepore recordaba en The New Yorker que la novela de Mary Shelley es “cuatro historias en una”: alegoría, fábula, novela epistolar y autobiografía. También subraya algo esencial que el cine clásico fue borrando: la Criatura de Shelley no es un bruto mudo, sino un ser elocuente, instruido y profundamente consciente de su abandono. Volver al libro después de la película es, entonces, volver a escuchar esa voz. Y quizá entender que el gran escándalo de Frankenstein no es la animación de la materia, sino el abandono como acto fundador.

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Marry Shelley
Marry Shelley

Hay una lectura cómoda del mito, la de sobremesa tecnológica, que reduce la novela a una advertencia genérica contra la ciencia descontrolada. Lepore señala justamente que esa interpretación moderna, muy útil para Silicon Valley y para los catecismos de la innovación con culpa tardía, deja fuera casi todo lo relacionado con el parto, la pérdida, el cuerpo femenino y la experiencia de Mary Shelley como madre rodeada por el duelo. La autora empezó a escribir Frankenstein con dieciocho años, atravesada por embarazos, muertes infantiles y una biografía marcada por la ausencia de la madre. Leer o releer la novela después de la película puede devolvernos esa dimensión corporal y dolorosamente íntima del texto, una dimensión que convierte la creación no solo en proeza intelectual, sino también en trauma, fiebre, desamparo y responsabilidad no asumida.

Tal vez por eso la película de del Toro, al menos por cómo se presenta, parece una buena puerta de regreso: no promete una lección de museo, sino una sensibilidad. Su material promocional insiste en la relación trágica entre Víctor y la Criatura, y en la evolución de esta última desde un “newborn being” arrojado a la existencia hasta alguien capaz de juzgar a su creador. Esa formulación importa. Sugiere que la novela no envejece porque hable de rayos y probetas, sino porque habla de algo más reconocible y más feroz: el momento en que alguien trae al mundo algo o a alguien y después retrocede horrorizado ante su propia obra. Releer Frankenstein desde ahí no significa buscar en sus páginas “lo que sale en la peli”, sino atender mejor a la herida original.

Frankenstein o el moderno prometeo.
Frankenstein o el moderno prometeo.

Además, el libro ofrece una experiencia que ninguna adaptación puede agotar del todo: su arquitectura moral. El recurso pedagógico vinculado al artículo de The New York Times propone leer Frankenstein desde cuatro ejes muy reveladores: bioética, amistad, ciencia y ficción, y poder de la apariencia. Esa simple enumeración ya explica por qué la novela sigue siendo un texto al que conviene volver cuando una adaptación logra reactivar el deseo. Porque en Shelley la pregunta ética nunca llega sola: va unida al afecto, al prejuicio visual, al deseo de conocimiento y a la forma en que una sociedad decide quién merece ser escuchado y quién debe ser expulsado de la comunidad de los visibles. El libro no entrega una moraleja. Entrega un temblor.

También hay algo hermoso, y un poco cruel, en comprobar cómo el cine puede devolvernos al lenguaje. Después de la imaginería de del Toro, tan inclinada siempre a encontrar belleza en lo deforme, uno puede volver a la prosa de Shelley y descubrir que su verdadera monstruosidad no está hecha solo de carne cosida, sino de ideas enfrentadas: ambición y ternura, soberbia y necesidad de amor, repulsión y deseo de reconocimiento. La película parece subrayar esa belleza doliente de la Criatura, incluso su gracia física, mientras que la novela obliga a convivir con una forma más incómoda de belleza: la de una inteligencia herida que aprende a hablar en el mismo mundo que decide no escucharla.

Releer Frankenstein tras ver la película no es repetir la experiencia, sino completarla por contraste. El filme puede ofrecer rostro, textura, respiración, una manera de mirar al monstruo. El libro, en cambio, devuelve espesor, ambigüedad y una intimidad verbal que sigue siendo afilada dos siglos después. Uno da cuerpo al espanto; el otro le da conciencia. Y entre ambos aparece quizá la razón última para volver a Mary Shelley: porque su novela todavía no ha terminado de decirnos quién es el monstruo, ni quién lo fabrica, ni por qué seguimos necesitando esa pregunta cada vez que el mundo convierte el dolor ajeno en espectáculo o la diferencia en condena. Del Toro puede haber encendido otra vez la chispa. Pero el relámpago, por ahora, sigue cayendo en el libro.