Sevilla, 20 de abril de 2026. Hay algo profundamente subversivo en que la serie más vista de enero de 2026 sea, en el fondo, un tratado sobre el agotamiento. No sobre el apocalipsis zombi, ni sobre dragones, ni sobre un multiverso que se pliega sobre sí mismo como un origami fractal —aunque el género fantástico sigue dando alegrías, qué duda cabe—, sino sobre esa cosa menuda, sin épica aparente, que es llegar a un turno de quince horas en Urgencias un 4 de julio sabiendo que nadie va a salir indemne, ni los pacientes ni los médicos ni tú, espectador acurrucado en el sofá. Y, sin embargo, ahí está The Pitt en su segunda temporada, convertida en fenómeno global de HBO Max, recogiendo el Emmy a mejor drama, el Globo de Oro, y citada en el mismo aliento que Urgencias —la matriz sagrada—, como si el género médico hubiera despertado de una larga fiebre para recordarnos que la mejor ciencia ficción, a veces, es la que no necesita naves.
Porque entendámonos: The Pitt no pertenece al género fantástico en el sentido habitual, pero comparte con ella algo esencial, un mundo propio coherente y un dilema moral de fondo. La serie se presenta como «un ejercicio de resistencia emocional» que funciona como un descenso al Mordor televisivo: cada episodio nos acerca un paso más al volcán, solo que aquí el volcán es la intención suicida, claramente insinuada, del Dr. Robby (un Noah Wyle que realiza, según la crítica especializada, «el mejor trabajo de su carrera», y no voy a discutírselo). La serie hereda de Urgencias el ritmo trepidante y la jerga impenetrable, sí, pero añade una vuelta de tuerca que sus predecesoras no se atrevieron a dar: renuncia al gran giro final —nada de PittFest, nada de tiroteos masivos— y se queda en lo pequeño, en el goteo, en ese «efecto a largo plazo, interno», como lo bautizó Alison Herman en Variety, que corroe a personajes a los que ya amamos. Es un gota a gota narrativo de manual, y funciona porque la primera temporada firmó el contrato emocional con la audiencia. Ahora la serie puede permitirse susurrar.
¿Que es redonda? No del todo. Y aquí conviene ser honesto. Parte de la crítica ha sido más severa y con razón: hay un gravitar excesivo sobre Robby que aplasta a Samira, a Santos, a Javadi, convirtiendo lo que debería ser un reparto coral al estilo de Juego de Tronos (con sus diez tramas entretejidas) en una especie de True Detective con bata blanca, donde el protagonista se lo come todo. Algunos se preguntan «por qué los guionistas han transformado al doctor Robby en un jefe gilipollas, atormentado y narcisista que continuamente busca que le hagan casito», uno ríe y, al segundo, asiente incómodo. Hay algo de razón. El personaje pide oxígeno, y la tercera temporada tendrá que dárselo o se cargarán la criatura —y esas segundas temporadas que matan a la gallina no son raras (sí, Heroes, te miro a ti).
Pero —y aquí viene el pero que importa— hay un choque cultural que desde Sevilla se ve con una claridad casi escalofriante. Cuando ves a un personaje calculando si puede permitirse una radiografía, o a una familia tomando decisiones médicas basadas en la cobertura de un seguro, o a agentes del ICE entrando a Urgencias a llevarse a una enfermera —como si la sala de triaje fuese un saloon del Oeste donde cualquiera puede irrumpir pistola en mano—, el espectador español vive un extrañamiento más propio del folk horror que del drama médico. Lo que para el público estadounidense es costumbrismo, para nosotros es ciencia ficción distópica. Que un médico tenga que decidir entre salvar una vida y arruinar a una familia es, literalmente, un dilema de rol de horror cósmico. Y en Latinoamérica el espejo resulta aún más perturbador, porque allí la serie funciona como advertencia anticipada, como Black Mirror documental: así podría ser si dejáis que se privatice todo. Nuestra sanidad pública, esa gran olvidada en el discurso político, aquí se revela como lo que siempre fue, un logro civilizatorio tan fantástico —en el sentido más literal del término— como cualquier reino ficticio. The Pitt es, vista desde este lado del charco, una serie de terror sin monstruos, porque los monstruos son las facturas, las listas de espera privadas, el empleado sanitario sin convenio. El verdadero villano es el sistema.
Y ahí está su grandeza, creo. La serie no moraliza, solo muestra, con esa fotografía funcional y ese sonido ambiente de monitores. Te deja sacar tus propias conclusiones, igual que la mejor ciencia ficción te deja sacar las tuyas sobre qué es ser humano. ¿Que flaquea en sus últimos episodios? Puede. ¿Que depende demasiado de su protagonista? Sin duda. ¿Que merece las quince horas de tu vida? Absolutamente. Porque hay pocas cosas más fantásticas que una ficción que te hace mirar a los sanitarios de tu centro de salud y pensar, al día siguiente, gracias. Si eso no es magia narrativa, que venga Gandalf y lo vea.
Véanla. Y después váyanse a su médico de cabecera y dénle las gracias.

