Sevilla, 24 de mayo de 2026. Llevamos años viendo cómo Internet se ha convertido en un lugar donde toda obra de Star Wars que no sea El Imperio contraataca acaba descuartizada. Lo formula bien Tyler Nichols en Joblo cuando escribe que «hemos llegado al punto en el que cualquier cosa que no sea Star Wars de máxima calidad es absolutamente desmenuzada por la gente en redes», y lo redobla con humor Alejandro G. Calvo desde el festival de Cannes —ese sitio donde, recuerda, «todos miran la pantalla diciendo: yo no voy a disfrutar en mi vida de una peli de Star Wars, no lo vas a conseguir»—. Hay algo perverso en este momento cultural donde un fandom autoinmune se devora a sí mismo, y donde el adulto de cuarenta años exige a una franquicia infantil que le entregue Andor en cada estreno —o sea, brillante prestige TV con cinismo político y traumas adultos— mientras la franquicia, mira por dónde, sigue siendo lo que George Lucas siempre dijo que era: un cuento para chavales de doce años con muñecos, naves y bichos. The Mandalorian and Grogu es eso. Exactamente eso. Y mi tesis, contra cierta corriente crítica que la ha recibido con los puños cerrados, es que cumple con honestidad lo que promete y merece más respeto del que le están dando.
Hablemos en plata. La película de Jon Favreau —cineasta de trayectoria mainstream impecable desde Elf y Zathura hasta las dos primeras Iron Man y las versiones live-action de El libro de la selva y El rey león, hombre que no solo sabe rodar acción entretenida sino que domina el CGI como pocos— no aspira a ser 2001. No es Blade Runner. No es siquiera Rogue One, esa joya bélica que demostró que dentro de la galaxia podían contarse historias con barro, sangre y duelo verdadero. The Mandalorian and Grogu es una aventura espacial de las de toda la vida —y «de las de toda la vida» es elogio cuando se sabe ejecutar—. Es Flash Gordon recargado, un eurogame familiar bien diseñado donde papá y crío comparten butaca y descubrimiento mutuo. Daniel Buron en Cinemagavia lo resume con cariño de fan: «es muy entretenida», «vale la pena verla en la gran pantalla». Y le pone un 8,5 sobre 10, lo cual no es moco de pavo.
Aquí es donde Calvo, que es el crítico hispanohablante con mejor olfato para destilar el ADN de la cosa, aporta la clave interpretativa más jugosa. Lo que Favreau y Filoni llevan haciendo desde la primera temporada es una mezcla quirúrgica de western y cine de samurái —concretamente la saga Lone Wolf and Cub de Kenji Misumi (El lobo solitario y su cachorro, esas pelis japonesas brutales y sanguinarias donde un samurái pasea a su bebé en un carrito por el infierno feudal), pasada por el filtro de Sergio Leone—. Hay droides villanos en la película que, según Calvo, «se parecen al Lee Van Cleef de La muerte tenía un precio«, y esa observación, perdón si me pongo intenso, vale más que media reseña corporativa. Porque eso es Mandalorian. Eso es lo que ha funcionado siempre. Y por eso Calvo lo coloca, sin sonrojo, «junto a Rogue One y Andor como lo mejor del post-Star Wars». Cuando dice que esta peli funciona porque sigue los mismos códigos que la serie —»me sigo meando de la risa con Grogu, que ya forma parte de la educación de mis hijos»—, no está siendo paternal sino preciso. Esto es género bien hecho. Spaghetti western con beskar.
Los críticos que la han apaleado lo han hecho desde un lugar muy concreto y conviene desactivar la trampa de su argumento. Chema Mansilla en 3DJuegos, brillante y honesto, esperaba cine de verdad y se encontró «un episodio largo de la serie, proyectado en pantalla grande». David Crow en Den of Geek redobla la apuesta definiéndola como «el primer tentpole veraniego que parece una reposición de televisión». Xataka, más industrial, recuerda que el 60% en Rotten Tomatoes la deja al nivel de El ataque de los clones y advierte que Disney no puede permitirse un fiasco así. Todo eso es verdad. Pero —y aquí entro a defenderla con uñas y dientes, junto a Calvo— exigir vocación cinematográfica épica a una película que el propio Lucas habría enmarcado como «esto es para chavales de doce años» es perderse la fiesta a la que estamos invitados. Es como ir a una partida de HeroQuest y enfadarte porque no es Pathfinder. Hermano, no era el plan. Calvo lo zanja con una frase que me ha conmovido más de lo que estoy dispuesto a admitir: «hay que vivir la vida con ligereza y con amor, porque si no vamos a ser todos cara de Jabba el Hutt al final de tanto estar así viendo las películas». Y tiene toda la razón del mundo.
Porque hay algo respetuoso, y lo subrayo, en cómo Favreau y Filoni manejan el universo. Repaso lo que reseña Buron y se me ocurre pocas películas recientes con tanto amor de coleccionista: la familia Hutt rescatada de El retorno del Jedi y La amenaza fantasma, los gemelos como villanos, Embo y Zeb Orrelios recuperados de The Clone Wars y Rebels, los anzellanos de Episodio IX, las cartas de Sabacc, una partida de Dejarik —el ajedrez del Halcón Milenario—, Nar Shaddaa de los Knights of the Old Republic, la serpiente dragón de Dagobah, hasta el cameo vocal de Scorsese como cocinero ardenniano —la raza que Favreau encarnó en Han Solo— en una broma metarreferencial que solo un fan veterano paladea. Esto no es fanservice oportunista al estilo cameo barato de El ascenso de Skywalker. Es worldbuilding cariñoso, paciente, hilado con la lógica interna de una mitología que sigue creyendo en sí misma.
¿Es perfecta? Por supuesto que no. Las apuestas son bajísimas —«la galaxia no está en peligro, los villanos no son lo suficientemente potentes», escribe Buron—, el tercer acto se desinfla, y la decisión de poner a Jeremy Allen White —ese guapetón de The Bear que es el último Bruce Springsteen— a doblar a un Rotta el Hutt convertido en gladiador con abdominales marcados es un disparate creativo que oscila entre lo brillante y lo absurdo. Mansilla critica la banda sonora de Göransson por ese score con kétchup; Den of Geek señala con malicia que la película te vende a Pedro Pascal y te lo muestra detrás de un casco durante todo el metraje, ejecutado por su doble Brendan Wayne. Son objeciones reales. Pero aquí Tyler Nichols en Joblo apunta el contraargumento decisivo: «la franquicia de Star Wars estaría mejor si estos riesgos no-galaxia-destructora se usaran más a menudo». Es decir: tal vez el problema no sea la película, sino que llevamos cuarenta años pidiéndole a Star Wars que sea ópera mitológica y se nos ha olvidado que también puede ser un buen rato. Y un buen rato lo es. La acción engancha —el opening es un set piece notable—, el pasaje de Grogu solo en el pantano filmado en IMAX vertical —que hasta Den of Geek celebra como «un poema de vibras sobre la mirada infantil del mundo»— es de lo más bonito que ha dado la franquicia desde los Ewoks en Endor.
Mi recomendación, sin ambages: si tienes un sobrino, un hijo, un ahijado o un crío al que aún no le hayas mostrado Star Wars en pantalla grande, llévalo. Hay pocos regalos más bonitos que dárselo a alguien por primera vez —ese momento, irrepetible, en el que un niño descubre que existe una galaxia muy, muy lejana, y la suya, por un instante, se vuelve infinita—. Si eres tú quien va, calibra expectativas: vas a ver aventura ligera, no la nueva El Imperio contraataca. No esperes oscuridad shakespeariana, ni teología jedi, ni dilemas morales con peso trágico. Esto es Han Solo el cazarrecompensas con muñeco verde, y la película te lo dice desde el primer fotograma con una transparencia que merece ser aplaudida en lugar de castigada. Calvo cierra su crítica con un «si os gusta Mandalorian, la vais a disfrutar segurísimo, segurísimo», y yo cierro con su frase favorita y la mía: this is the way. Si lo entiendes, ya sabes que no era tan grave como decían. Si no lo entiendes, hermano, esta peli no era para ti. Y eso, hoy, también es decir bastante.
