Tener un hijo con altas capacidades no es presumir: es escuchar durante años que estás obsesionada

detección altas capacidades en colegios

Antes de cualquier informe y antes de cualquier evaluación, las familias de los pueblos de la provincia de Sevilla que sospechan que su hijo tiene altas capacidades suelen escuchar lo mismo: que exageran, que es una moda, que hoy todo el mundo cree que su hijo es un genio. Isabel Avilés, psicóloga sanitaria, doctora en psicología y con 17 años de experiencia en intervención infanto-juvenil (8 de ellos trabajando con menores con altas capacidades y sus familias), resume la respuesta que muchos centros dan ante esa sospecha con una frase muy concreta: «yo no lo veo».

Ese «yo no lo veo» no es un detalle menor. Para las dos psicólogas consultadas en este artículo, es el primer obstáculo de un proceso que puede tardar años en confirmarse y que casi nunca se parece al estereotipo del «niño que saca todo dieces».

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Este mes, sin embargo, hay una vía formal para que esa sospecha empiece a tomarse en serio. Los tutores del último curso de Infantil y de 6º de Primaria de los colegios de la provincia cumplimentan durante junio, por instrucción de la Junta de Andalucía, el cuestionario que decide qué alumnos pasan a una evaluación psicopedagógica por posibles altas capacidades intelectuales.

Y antes de llegar a esa fase, hay un problema previo: muchas de las señales de altas capacidades se confunden con otra cosa, tanto en casa como en el aula.

La señal que más se confunde con otra cosa

No hay un perfil único de niño con altas capacidades, y eso es precisamente lo que hace que muchos casos pasen desapercibidos durante años.

Avilés señala que la señal que más confusión genera no es la más llamativa, sino la que se confunde con falta de interés o mala conducta: «lo que hay detrás es una necesidad de comprender esas órdenes, de comprender el porqué están impuestas, de comprender para qué sirven, y un sentido de justicia y una baja tolerancia a la frustración en muchos casos».

Esa confusión tiene consecuencias muy concretas en consulta. Según explica, es habitual que lleguen niños y niñas con un diagnóstico previo de TDAH o de problemas de conducta que en realidad escondían una alta capacidad sin detectar, especialmente cuando se trata de lo que ella llama «hiperactividad funcional»: niños que se comportan como si tuvieran un déficit de atención real, pero que al pasar pruebas de inteligencia revelan otra cosa.

Con la ansiedad ocurre algo similar. La psicóloga describe niños de 6, 7 y 8 años hipervigilantes, mucho más conscientes que sus compañeros de las cosas malas que pueden pasar en el mundo. A nivel intelectual están preparados para procesar esa información; a nivel emocional, no siempre. Esa diferencia entre lo que el niño entiende y lo que puede gestionar emocionalmente es lo que en psicología se llama disincronía, y según Avilés es una de las explicaciones más frecuentes detrás de cuadros de ansiedad infantil que en realidad tienen otro origen.

El estudiante que saca dieces y nadie sospecha

El estereotipo del «niño superdotado» (el que levanta la mano para todo y no encaja socialmente) deja fuera a la mayoría de los casos reales, según Avilés.

Uno de los perfiles más difíciles de detectar es el de niñas que hacen lo que en los últimos años se conoce como masking: enmascaran su capacidad para no destacar y ser aceptadas por el grupo. Otro es el del niño con gran capacidad social, que destaca en el equipo de fútbol del pueblo o en las categorías inferiores del Sevilla o el Betis, y al que nadie relaciona con las altas capacidades porque «va destacando por otras cosas».

También está el caso contrario: niños que suspenden sistemáticamente por falta de motivación o aburrimiento en el aula, un perfil de fracaso escolar que no es el más habitual pero que existe y que rara vez se asocia con una capacidad intelectual alta.

A esto se suma lo que se conoce como doble excepcionalidad: niños con trastorno del espectro autista, TDAH, dislexia u otros trastornos del desarrollo que también tienen una alta capacidad, pero que queda enmascarada porque el centro y la familia se concentran en la dificultad visible y no en el talento que la acompaña.

Lo que más daño hace mientras nadie confirma nada

Cuando una familia sospecha que su hijo tiene altas capacidades y el centro no lo ve igual, el desgaste no viene tanto del tiempo de espera en sí, sino de sentirse cuestionada.

Avilés lo describe con claridad: muchas familias reciben el mensaje de que están obsesionadas, de que creen que su hijo es muy listo y que todo lo demás (problemas de conducta, de relación, de rendimiento) se lo atribuyen a eso. El profesorado responde con un «yo no lo veo» y, sin ese aval, el proceso no avanza.

El propio cuestionario de detección, según explica, tiene limitaciones: se basa en afirmaciones y observaciones, no en una prueba de inteligencia, y con perfiles tan diversos como los que existen, «no suele discriminar muchísimas veces».

Mientras esa incertidumbre se prolonga, Elena Benito, psicóloga sanitaria y sexóloga, insiste en que lo más importante es no convertir la espera en el centro de la vida familiar. Recomienda mantener una actitud de escucha, reforzar la autoestima del menor y explicarle, de forma adaptada a su edad, que el objetivo de cualquier evaluación es entender mejor sus necesidades, no buscarle una etiqueta.

Lo que desaconseja expresamente son las comparaciones con hermanos o compañeros, y la idea de que el niño tiene que «encajar» o esforzarse por parecerse a los demás. Si la espera empieza a afectar al bienestar emocional del menor o de la familia, recomienda buscar apoyo psicológico antes de que llegue la resolución del centro.

Esa espera, cuando se prolonga durante años, deja huella. Benito señala que las consecuencias más difíciles de revertir son las emocionales: niños que han pasado años sintiéndose diferentes o incomprendidos pueden ver afectada su autoestima, su confianza y su forma de relacionarse con los demás, con miedo al rechazo o tendencia a pasar desapercibidos para evitar sentirse juzgados.

Si el colegio no detecta nada y la sospecha sigue ahí

El cuestionario de junio no es la única puerta. Para una familia de un municipio pequeño de la provincia, sin orientador especializado en el centro y sin recursos para una evaluación privada, Avilés propone empezar siempre por el escalón más bajo: hablar con el tutor o la tutora y explicar por qué existe esa sospecha.

Si el tutor no puede dar respuesta, el siguiente paso es el equipo de orientación educativa del centro (o la orientadora, si es un centro privado o concertado). Y si tampoco hay avance por ahí, cabe acudir a la jefatura de estudios para plantear la situación directamente.

En la provincia de Sevilla existen además asociaciones de familias de niños y niñas con altas capacidades. ADOSSE (Asociación para el Desarrollo y Orientación de las Altas Capacidades Intelectuales de Sevilla) está formada por padres y madres que trabajan de forma voluntaria por una aplicación real de la atención a la diversidad en los centros educativos, y forma parte de la federación andaluza FASI y de la confederación nacional CONFINES. Diverxia, también con sede en Sevilla, reúne a familias que comparten información y experiencias propias, organiza encuentros y talleres, y dispone de un teléfono de atención a las familias. Para quien no encuentra respuesta en el centro escolar ni puede costearse una evaluación privada, son un punto de partida.


Este artículo cuenta con la colaboración de Elena Benito, psicóloga sanitaria y sexóloga en Centro Plenium (Mairena del Aljarafe) y colaboradora en TusClasesParticulares, y de Isabel Avilés, psicóloga sanitaria, doctora en psicología y especialista en psicología infanto-juvenil, psicología pediátrica, terapia familiar y de parejas y atención temprana, con 17 años de experiencia en intervención infanto-juvenil (8 de ellos con menores con altas capacidades y sus familias). Actualmente es profesora en la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR).