La asignatura pendiente en los colegios de Sevilla: ¿quién vela por la salud mental de nuestros hijos?

Adolescente con signos de angustia o depresión, sentada en un pupitre de un aula solitaria, con la cabeza oculta entre los brazos. La ventana en segundo plano muestra la Giralda de Sevilla, simbolizando el contexto local y la desolación de la salud mental juvenil en el entorno educativo. Libros de texto y papeles arrugados sugieren la presión académica y el impacto de la situación.

Sevilla, 19 de octubre de 2025. Esta semana, una noticia nos heló el alma y nos dejó una pregunta dolorosa en la garganta. La muerte por suicidio de una menor en Sevilla, alumna de un centro privado, ha sacudido a su entorno más cercano y nos ha obligado a mirar de frente un problema que la Consejería de Educación y Sanidad llevan años esquivando: ¿están nuestros colegios preparados para la crisis de salud mental que vive nuestra juventud?

Como madre y ciudadana, siento una punzada al ver cómo la tragedia se convierte en un titular efímero en lugar de ser el catalizador de una acción urgente. Esta no es una crisis individual. Es una emergencia social y una negligencia institucional que afecta a todos los niños y adolescentes de la provincia, da igual si están en un centro público, concertado o privado.

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La herida abierta en Sevilla: del shock individual al debate social

Lo que ha pasado es, primero, una herida para una familia, una comunidad y un grupo de amigos. Un vacío que no se llena con palabras. Pero de ese dolor tiene que surgir la fuerza para exigir responsabilidades y soluciones.

Lo que ha pasado: la dimensión del dolor en el entorno cercano

No voy a dar detalles del caso. No es nuestro papel ni sirve a la prevención. Nuestro papel es señalar que este dolor no ha nacido de la nada. Es el síntoma más dramático de un sistema que no escucha, que va tarde y que no tiene los recursos humanos ni materiales para detectar a tiempo una depresión, un acoso o un cuadro de ansiedad severa. La realidad es que muchas familias se sienten abandonadas cuando la alerta se enciende en casa, y se encuentran con un muro de burocracia en el centro escolar.

El miedo a preguntar: ¿Por qué la salud mental sigue siendo un tabú en el aula?

El gran problema es el estigma. El debate, que por fin ha llegado a la calle y a los corrillos de padres y madres de Sevilla, es simple: si mi hijo o hija se rompe una pierna, llamamos inmediatamente al médico. Si se rompe por dentro, se le despacha con un «son cosas de la edad» o, peor aún, se nos culpa a los padres por la gestión emocional. Necesitamos educar a nuestros hijos, pero también a nuestros docentes y a nosotros mismos, para que pedir ayuda sea tan natural como pedir un paracetamol.

Cuando el protocolo no llega a tiempo: la brecha entre el papel y el patio

La Junta de Andalucía tiene herramientas. Claro que sí. Existe el Protocolo de Prevención e Intervención ante el Acoso Escolar y Ciberacoso y otros documentos relacionados con la convivencia y la orientación.

El laberinto de la Consejería: lo que dicen los planes (y lo que no se aplica)

El problema no es que no haya papeles, sino que esos papeles no bajan a tierra con la dotación necesaria. Un protocolo es papel mojado si la persona que tiene que aplicarlo —el orientador, el tutor— está desbordada con cien otras tareas. En la práctica, se asume que la detección de un riesgo inminente, de un joven en crisis, es algo que puede hacer un docente sin formación específica o un orientador con una ratio de más de mil alumnos bajo su responsabilidad, una cifra que nos sitúa muy lejos de las recomendaciones sanitarias. Esta es la realidad de muchos centros de Sevilla.

La falta de manos y tiempo: la realidad que viven los docentes y orientadores en los centros

El problema de los protocolos es que, a menudo, son aplicados por personas que no tienen la formación especializada para gestionar traumas o crisis graves. Esto no solo deja desamparados a los niños, sino que los revictimiza.

Nos lo cuenta M., una madre sevillana que pasó por el infierno y prefiere mantener el anonimato. «A mi hijo lo encerraron dos chicas en el cuarto de baño e intentaron abusar de él. Cuando me presenté a denunciar, solo encontré pasividad. La única preocupación del centro era que aquello no saliera a la luz, ni una palabra sobre mi hijo», relata con la voz quebrada. El centro, en su falta de pericia, acabó tomando una decisión absurda tras la intervención del Inspector de Educación: «Le asignaron un compañero que debía acompañarle en todo momento para alertar si se iniciaba acoso. En lugar de marcar a las acosadoras, acabaron marcando a mi hijo«, denuncia M. La aplicación incorrecta del protocolo demostró una total falta de sensibilidad y capacitación.

Pero el drama del sistema educativo no es solo la pasividad; es también el dolor silencioso de los profesionales que están en primera línea. No solo las familias sufren ante un protocolo fallido; los orientadores, tutores y docentes también se quiebran.

El único recurso real que tienen los orientadores para los casos de riesgo es la derivación a la red de Salud Mental. Una solución que se convierte en un chiste cruel: hablamos de niños que necesitan ayuda inmediata, y la respuesta del sistema es una cita con el especialista a seis meses vista. Un plazo que en la vida de un adolescente es una eternidad y que anula el esfuerzo del profesional.

«Me duele verlo, me duele no poder llegar a todos. Me piden mil papeles y la única urgencia es el niño que tengo llorando en la puerta y al que solo puedo dedicarle diez minutos», nos comenta, bajo condición de anonimato, una orientadora de un instituto de la provincia. «Nos exigen ser psicólogos, mediadores y burócratas, sin darnos ni la formación específica ni el tiempo. La sensación de impotencia es brutal. Sientes que no salvas a nadie porque no te dan las herramientas para hacerlo».

Exigimos recursos, no lamentos: la urgencia de psicólogos en cada centro

La única solución real, medible y efectiva para revertir esta crisis es la contratación inmediata de psicólogos especializados en salud mental infantojuvenil y su incorporación permanente a la plantilla de todos los centros educativos. Esta no es una petición nueva; es una demanda histórica y firme de las asociaciones de padres y madres (APAs), del Colegio Oficial de Psicólogos y de los sindicatos de educación, que llevan años reclamando la inversión.

Las familias levantan la voz: la soledad de los padres ante la crisis

Las familias están agotadas de ver cómo la administración se pasa la pelota entre Educación y Sanidad. Nos han dejado solos con el diagnóstico y el tratamiento de nuestros hijos. ¿De qué sirve el esfuerzo de un orientador en el instituto al detectar un riesgo inminente, si la única vía es derivar al menor a un servicio de Salud Mental que ofrece cita con el especialista a seis meses vista? La crisis de un adolescente es hoy, no en medio año. Es momento de que la Consejería demuestre que le importa algo más que el ratio de asignaturas.

La otra pandemia silenciosa: ¿Cuánto cuesta la inacción institucional?

La falta de inversión en prevención es una factura que pagamos con vidas jóvenes y con un sufrimiento incalculable. Esta inacción no es solo una cuestión ética, es un desastre económico y social a largo plazo. Es una inversión, no un gasto. Sevilla y sus jóvenes merecen que la salud mental sea la primera asignatura de nuestro sistema educativo.

Recursos de Prevención del Suicidio:

Si necesitas ayuda o conoces a alguien en una situación de crisis, por favor, llama:

  • 024: Línea de atención a la conducta suicida (gratuita y confidencial).
  • Teléfono de la Esperanza: 954 90 00 90 (Sevilla).
  • Fundación ANAR: 900 20 20 10 (Teléfono del Menor).