A pocas semanas de las elecciones generales del 29 de noviembre, miles de personas todavía no saben a quién votar. Quizá tú seas una de ellas. Algunas llegarán así hasta el último día, sin saber qué papeleta meter en el sobre. Las encuestas las llaman «indecisas» y los partidos dedican buena parte de sus esfuerzos a conquistarlas. Pero estar indeciso no es un defecto: muchas veces es la señal de que alguien se toma en serio su voto. El problema es que, sin un criterio claro, la decisión puede no acabar dependiendo de nosotros mismos.
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Santiago Limón, de 30 años, sustituye a Francisco García como alcalde de Villanueva del Ariscal
Villanueva del Ariscal, 9 de octubre de 2026. El socialista Santiago Limón Cerpa es el nuevo alcalde de Villanueva del Ariscal. El pleno lo eligió el miércoles 7 de octubre con los siete votos del PSOE, tras la renuncia de Francisco García González, que anunció su salida el 10 de septiembre. Con 30 años, se convierte en el alcalde más joven de la provincia.
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Sevilla elige el 29 de noviembre a sus doce diputados en unas generales adelantadas
Sevilla, 7 de octubre de 2026. Los sevillanos volverán a las urnas el domingo 29 de noviembre para renovar el Congreso y el Senado. Sánchez disolvió las Cortes el lunes 5 de octubre, nueve meses antes del final de la legislatura y tres días después de que el Congreso tumbara los dos decretos de vivienda. La provincia reparte doce escaños.
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La Diputación de Sevilla eleva más de un 14 % su presupuesto para 2027
La Diputación de Sevilla ha presentado su proyecto de presupuesto para 2027, que asciende a 750,42 millones de euros. Supone un aumento de más del 14 % respecto a las cuentas de este año. Para entrar en vigor, el proyecto debe aprobarlo el pleno de la institución, que preside Javier Fernández.
Sevilla, 7 de octubre de 2026. La Diputación sitúa la vivienda, la cohesión social y los servicios que presta a los municipios como los tres ejes de las nuevas cuentas. El presidente de la institución, Javier Fernández, ha explicado que el objetivo es que las cuentas entren en vigor el 1 de enero de 2027.
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Sevilla espera 142.000 toneladas de aceite mientras Agricultura prepara la norma para retirar excedentes
Sevilla, 3 de octubre de 2026. Los olivareros sevillanos afrontan una cosecha estimada de 142.000 toneladas de aceite, un 12,5 % más que la anterior. La campaña arranca con una posibilidad abierta: el Ministerio de Agricultura podrá obligar a las almazaras a retirar parte del producto del mercado si la oferta nacional se dispara. La norma que lo permite debe estar aprobada antes del 31 de octubre.
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Once cosas que conviene tener claras antes de opinar sobre vivienda en España
Todo el mundo tiene una opinión sobre la vivienda, y es lógico: es el gran problema de una generación entera y afecta, directa o indirectamente, a casi todas las familias. Pero en la barra del bar, en los grupos de mensajería y también en muchos platós, el debate suele reducirse a dos o tres frases hechas que no resisten una segunda pregunta. Antes de lanzarse, conviene tener pensadas al menos estas once cuestiones.
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Una ola de calor reduce la cosecha de aceituna de mesa a menos de 460.000 toneladas en Andalucía
La campaña de verdeo de 2026 comienza con previsiones destrozadas. A mediados de septiembre, cuando ASAJA-Sevilla celebró su tradicional Jornada de Aceituna de Mesa en Olivares, la realidad en el campo había derrumbado el optimismo inicial: la cosecha rondará las 459.000 toneladas, un 28% inferior a las 638.490 que Interaceituna había aforado a principios de campaña. La culpable es la sucesión de temperaturas extremas desde el 2 de septiembre, con máximas entre 40 y 44 grados, que han provocado estrés hídrico, aceituna arrugada y calibres insuficientes en las principales variedades sevillanas.
Sevilla, 26 de septiembre de 2026. El escenario es paradójico. Durante el otoño e invierno de 2025 las lluvias abundantes habían recuperado las reservas de agua y permitieron un óptimo desarrollo inicial de los olivares. Los técnicos de ASAJA-Sevilla observaban excelentes condiciones de cuajado y calibre a finales de agosto. Pero desde finales de febrero no se había registrado precipitación significativa, y desde el 2 de septiembre llegó el golpe: temperaturas máximas entre 40 y 44 grados centígrados, con mínimas que no bajaban de 29 a 32 grados. El olivar se deshidrató. La aceituna se arrugó.
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Buena suerte, diviértete, no mueras: la película que Bruselas debería proyectar en las salas de Estrasburgo
Hay una imagen en el arranque de Buena suerte, diviértete, no mueras que llevo dando vueltas desde que me la crucé, y es tan sencilla como perturbadora: un hombre con pinta de vagabundo tecnológico, envuelto en cables y con un detonador colgándole del pecho, irrumpe un martes cualquiera en un restaurante de Los Ángeles y le dice a los comensales que viene del futuro por la centésima decimoséptima vez a intentar salvarnos. Ciento diecisiete intentos. Guarda ese dato, hermano, porque es la llave que abre la película entera. Ese hombre, un Sam Rockwell en estado de gracia, no viene a hablarnos del apocalipsis nuclear, ni de zombis, ni de una guerra fría reencarnada en algoritmo. Viene a decirnos algo peor: que en las próximas décadas nos vamos a dejar robar la atención hasta el vaciamiento. Y aquí está la premisa emocional que hace vibrar la película entera: no es una peli sobre robots asesinos. Es una peli sobre el consentimiento involuntario a ser hackeados. La pregunta que Verbinski nos pone en la mesa no es «¿qué haremos cuando llegue Skynet?», sino «¿qué estamos haciendo ya con lo que tenemos delante?».
Y aquí es donde tengo que discrepar amablemente con una parte importante de la crítica que la ha despachado, porque el ángulo dominante ha sido leerla como sátira tecnofóbica y a mí me parece un diagnóstico injusto que se le hace a la película por una lectura demasiado literal. Buena suerte no es una película tecnofóbica. Es una película aviso a navegantes. Y esa distinción importa muchísimo, porque los avisos a navegantes son un género tan noble y necesario como cualquier otro. La invasión de los ladrones de cuerpos no era antimarcianos. Metrópolis no era antimáquinas. Videodrome no era anti-televisión. Eran alarmas encendidas, y a Verbinski, que vuelve tras diez años, le sale una bengala del mismo tipo.
Y aquí llega el ancla periodística que hace que la peli sea mucho más oportuna de lo que sus detractores admiten. Mientras Verbinski proyectaba su bengala en Berlín, la Comisión Europea hacía público el 10 de julio de 2026 un dictamen preliminar acusando a Meta de incumplir la Ley de Servicios Digitales por «diseño adictivo» en Instagram y Facebook: scroll infinito, reproducción automática, recomendaciones ultrapersonalizadas diseñadas para maximizar el tiempo de pantalla, no el bienestar del usuario. Y no acaba ahí: hace poco se publicó el borrador de la ley europea sobre menores en internet que prohíbe streaks, notificaciones diseñadas para recuperar la atención, feeds interminables y, atención al detalle, extiende la prohibición a «chatbots de IA y videojuegos». El AI Act, en vigor desde agosto, ya castiga los sistemas de IA que empleen técnicas «subliminales, manipuladoras o engañosas». La CNMC habla ya sin rubor de «economía de la atención» y «monetización de la conducta». Es decir, mientras se acusa a Verbinski de gamberrada obvia, los reguladores europeos están escribiendo la misma película en formato de reglamento. Eso, hermano, no es paranoia. Es adelanto.
Y aquí es donde llegamos a la lectura que a mí me parece la clave interpretativa más lúcida que se le puede hacer a Buena suerte: Rockwell no es un profeta, ni un mesías, ni un loco. Es una personificación de la normativa europea (como eran los programas informáticos en Matrix). Piénsalo un segundo. Siempre se ha dicho que la ley va por detrás de la sociedad, y en el terreno tecnológico esa distancia se ha vuelto un abismo cómico y trágico a partes iguales. El RGPD llegó cuando Cambridge Analytica ya había hecho el destrozo. El DSA llegó cuando el scroll infinito ya era la gramática natural de un adolescente. El AI Act llega justo cuando la generación Alpha cree que un chatbot es un amigo. El dictamen contra Meta llega quince años después de que Zuckerberg admitiera que la privacidad ya no era una norma social. Ciento diecisiete iteraciones. Ciento diecisiete borradores de reglamento, ciento diecisiete comisiones de expertos, ciento diecisiete dictámenes preliminares que llegaron tarde. Cuando la ley aparece, el paisaje ya está roto. El chiste del bucle temporal deja de ser un guiño a Al filo del mañana y se convierte en una elegía a los que llegan siempre después.
Y ojo con el vestuario, porque aquí la cosa vibra. Parca transparente, luces navideñas, pinta de vagabundo, cables sueltos, aparatos electrónicos colgando del pecho como si fueran siglas incomprensibles (DSA, DMA, GDPR, AI Act, DGA). Es exactamente cómo aparece un regulador europeo delante del ciudadano de a pie: cargado de lenguaje jurídico impenetrable, prometiendo salvación en tono apocalíptico, con un detonador, la multa millonaria, que amenaza permanentemente pero nunca acaba de detonar del todo. Porque el detonador de Rockwell tampoco explota. Nunca sabemos si va en serio o si es teatro para llamar la atención de los comensales. Y ese, hermano, es exactamente el estatus ontológico de la Comisión Europea frente a Meta: una amenaza permanente que nunca acaba de cumplirse, o que cuando se cumple ya no importa porque el modelo de negocio ya ha mutado. Rockwell es Bruselas. Y una vez que lo ves, no puedes dejar de verlo.
Sigue la analogía y verás que se pone mejor. ¿A quién recluta el hombre del futuro? A un grupo de ciudadanos absolutamente inadecuados: una madre destrozada por un tiroteo escolar (Juno Temple, contenida y devastadora), una chica alérgica a la tecnología y al wifi que parece salida del cruce imposible entre Scott Pilgrim y Sucker Punch (Haley Lu Richardson, que va convenciendo más con cada nuevo papel), dos profesores en crisis matrimonial hartos de que sus alumnos sean zombis del teléfono (Michael Peña y Zazie Beetz, con esa escena del salón de clase que hiela), un conductor de Uber escéptico y una señora que solo quería comer un pay. O sea: exactamente los perfiles vulnerables que la regulación europea nombra en sus considerandos, menores, adultos vulnerables, familias, trabajadores precarios, consumidores desinformados, y con los que la ley espera hacer palanca democrática para frenar el rodillo. La ley europea no puede legislar contra el diseño adictivo sin ese consentimiento social, sin esa masa crítica que se organice, se queje, presione. Rockwell tampoco puede salvar el mundo sin ese grupo variopinto que a nadie se le habría ocurrido reclutar. Y Verbinski, con esa lucidez agridulce que a veces esconde bajo la guasa, sabe que la mayor parte de esos reclutas no sobrevivirán a la aventura. Que la ley siempre gana batallas parciales. Que los apocalipsis se posponen, no se cancelan.
Y llega la vuelta de tuerca más dolorosa de esta lectura, la que a mí me deja frío. Si Rockwell es el regulador que llega tarde, ¿quién es la IA antagonista? Pues no una superinteligencia genocida al estilo Skynet. En esta clave, la IA de la peli es simplemente el modelo de negocio de la economía de la atención funcionando en piloto automático durante veinte años sin oposición seria. Ni siquiera es maliciosa. Es optimización pura. Es un algoritmo de recomendación haciendo su trabajo. Es TikTok mostrándote el próximo vídeo. Es Instagram desactivando por defecto la pausa. Es Netflix reproduciendo el siguiente episodio antes de que puedas coger aire. El monstruo de la película no es un demonio digital: es la inercia del mercado no regulado. Y contra la inercia no hay bomba que valga. Solo iteración. Iteración 117. Iteración 118. Iteración 119. Hasta que un día, quizás, alguien de aquel restaurante decida acompañar al vagabundo del futuro.
¿Es perfecta la película? Nadie lo firma, y hay que reconocerlo con honestidad. El tramo final se ha llevado leña de casi todos, y con razón: hay un empeño en llegar a la simulación total, a los bucles al cubo, a la Todo en todas partes que Verbinski no logra amarrar del todo. El CGI flojea en escenas concretas, con una ironía dolorosa: una peli sobre los excesos tecnológicos tiene los VFX cansados. Pero también hay decisiones cinematográficas gozosas y un reparto sostenido por un Rockwell divertidísimo.
Buena suerte, diviértete, no mueras es una elegía a los que llegan tarde. Una película sobre el heroísmo triste de la regulación democrática frente a la velocidad del capital tecnológico. Un canto a los burócratas del futuro que aparecen en restaurantes con detonadores fingidos para intentar salvar a comensales que no saben que hay que ser salvados. Si Verbinski intuyó todo esto conscientemente o si le salió por instinto, nunca lo sabremos. Pero funciona como funcionan las mejores metáforas involuntarias: mejor que las buscadas.
Guarda el móvil. Ve al cine. Y cuando salgas, no revises Instagram en el vestíbulo. Empieza por ahí. La revolución también son gestos pequeños. Y Bruselas, hermano, también viste parca transparente y luces navideñas. This is the way.
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La justicia avala el reparto de suelo para fotovoltaicas en Alcalá de Guadaíra y abre un choque político
Alcalá de Guadaíra, 24 de septiembre de 2026. Las plantas solares de Alcalá de Guadaíra tendrán que ajustarse a la zonificación que fijó el Ayuntamiento. El Tribunal Superior de Justicia de Andalucía (TSJA) ha desestimado el recurso de la empresa Bogaris PV5 contra la modificación del Plan General que ordena dónde pueden instalarse. La sentencia no ha cerrado el debate: gobierno local y oposición discrepan sobre su alcance.
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ASAJA rechaza la estrategia unilateral del algodón: «La rentabilidad debe ser el eje, no llenar cuotas de fondos»
ASAJA-Andalucía ha rechazado la propuesta presentada unilateralmente por Espalgodón (la interprofesional del algodón) para gestionar el cultivo, criticando un planteamiento que confunde el problema real del sector. La organización agraria insiste en que cualquier estrategia debe garantizar la viabilidad económica de cada hectárea cultivada, no simplemente agotar presupuestos europeos de ayuda. El rechazo se produce mientras la campaña de 2026 encadena su mejor cosecha de años, pero bajo la peor rentabilidad de décadas.
Sevilla, 24 de septiembre de 2026. Los números del sector son concluyentes: entre 2015 y 2024, los costes de producción del algodón se incrementaron un 41%, mientras que los ingresos apenas crecieron un 0,53%. La superficie nacional dedicada al algodón ha caído un 31% desde la campaña 2019/2020, pasando de 66.107 hectáreas a las 45.630 actuales, muy por debajo de las 82.000 hectáreas anuales que podrían optar a la ayuda específica en zonas tradicionales.
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