Sevilla, 12 de junio de 2026. Faltan pocas semanas para que termine el curso y Isa todavía no sabe si su hijo va a repetir o va a pasar a primaria. Nadie se lo ha dicho. El EOE, el Equipo de Orientación Educativa, aún no se ha reunido con ella para darle la valoración de José David. El tiempo pasa, el verano se acerca, y ella sigue esperando una llamada que no llega.
A unos kilómetros de distancia, Laura lleva años aprendiendo a moverse por un sistema que nunca le explicó las reglas. Lo ha hecho sola, a golpe de tutorías, de informes, de preguntas que nadie le respondía hasta que ella misma encontraba las respuestas. Tiene dos hijos con necesidades educativas especiales. Y tiene la sospecha, respaldada por la genética, de que ella misma nunca recibió lo que le correspondía de niña.
Son dos madres, dos familias, dos colegios distintos. Se conocieron a través de Familias NEAE Sevilla, el movimiento que agrupa a familias de alumnado con necesidades específicas de apoyo educativo en la provincia. Antes de encontrarse allí, cada una peleaba sola.
El colectivo lleva meses presionando a la Consejería de Educación para que los recursos prometidos lleguen realmente a las aulas.
Distintos hijos, distintos colegios, distintos diagnósticos. El mismo muro.
El conflicto con la Junta por recursos NEAE se extiende por toda la provincia, afectando a familias con distintos diagnósticos.
El niño que no debería pasar a primaria
Tres años pidiendo lo mismo
José David tiene cinco años y un diagnóstico que ocupa varias líneas: trastorno del espectro del lenguaje, TDAH con impulsividad, movilidad reducida, problemas de psicomotricidad fina y gruesa. Sale tres veces a la semana del aula ordinaria para recibir apoyo especializado. Cuando está en clase, sus compañeros dan cuatro trazos. Él da dos. No porque no quiera. Porque no puede dar más.
Isa lleva pidiendo un aula específica para José David desde que el niño tenía tres años. La respuesta ha sido siempre la misma: con sus apoyos actuales avanzará bien. Tres cursos pidiendo lo mismo en los dos colegios en los que ha estado José David. Tres cursos recibiendo un «no» por respuesta. Y un niño que en septiembre, salvo decisión contraria del EOE, cruzará la puerta de primaria.
El EOE, el Equipo de Orientación Educativa, es el organismo que decide si un niño repite curso, pasa de etapa o accede a un aula específica. Lo integran el tutor o tutora del alumno, la orientadora del centro y los especialistas PT y AL. Con un matiz que no aparece en ningún documento oficial: la orientadora suele tener asignados varios colegios a la vez, lo que puede traducirse en cientos de niños a su cargo. El EOE del Lora Tamayo, el colegio al que José David desde principios de este curso, todavía no se ha reunido con Isa. El curso está a punto de terminar.
«Yo pienso que José David no va a estar preparado para entrar en primaria», dice Isa. No lo dice con resignación. Lo dice con la precisión de alguien que conoce el diagnóstico de su hijo mejor que nadie y ha tenido que aprenderlo sola. José David tiene un trastorno del espectro del lenguaje: se le caen fonemas, es decir, hay sonidos que su cerebro no consigue procesar ni reproducir con claridad. Fonemas que necesitará para leer, para escribir, para seguir el ritmo de una clase de primaria donde los demás ya empiezan con la prelectura y la preescritura.
«Si se le caen esos fonemas, a José David evidentemente le va a costar más formar una frase, y con sus problemas de motricidad, tendrá problemas al escribir, al coger un lápiz, o al coger una tijera para recortar.»
Lo que más teme Isa no es el primer día. El primer día, dice, entrará normal. Lo que teme es lo que viene después, cuando José David vea que sus compañeros avanzan y él no puede seguirles. «En el momento que vea que sus compañeros avanzan y él no avanza, José David se bloquea. Y en ese momento, sé que va para atrás.»
Tres años de avances. Eso es lo que está en juego.
El libro de dinosaurio
Los viernes en el CEIP Lora Tamayo hay biblioteca. Los niños eligen un libro y leen. A José David le tienen que dar libros con imágenes, no libros con texto. Pero este viernes él quería el libro de dinosaurios, el mismo que elegían sus compañeros. Se lo llevó a casa.
No lo entendía.
«Él, por que ser igual que los demás, se trajo este viernes un libro de dinosaurios», cuenta Isa. «pero José David, por mucho que quería tener ese libro, no era capaz de entenderlo.»
No es una anécdota menor. Es la imagen exacta de lo que el sistema no ve cuando mira los informes y los dictámenes: un niño de cinco años que quiere ser como los demás y no puede, no porque no lo intente, sino porque nadie le ha dado todavía lo que necesita para estarlo.
Isa también tiene retraso madurativo y una discapacidad reconocida del 45%. No es un dato que cuente como queja, sino como contexto: una madre con sus propias dificultades no diagnosticadas a tiempo, luchando por que su hijo no recorra el mismo camino.
El colegio que lleva años pidiendo lo mismo que Isa
El CEIP Francisca Romero, donde José David cursó sus dos primeros años de infantil, lleva años reclamando un desdoble en la etapa de infantil. El AMPA y el equipo directivo lo han pedido juntos a la Delegación de Educación. La respuesta ha sido siempre una denegación, a pesar de que el centro cumple los requisitos y de que en otros colegios públicos de la zona el desdoble sí se ha concedido.
En un escrito dirigido a la administración, el AMPA describe aulas masificadas con niños de corta edad, muchos de ellos con necesidades educativas especiales, y más de catorce familias que se han quedado fuera del centro sin poder ejercer su derecho a elegir colegio. «Nuestros hijos no son números», nos comentan.
Isa con su hijo, Jose David, en la manifestación en defensa de la educación pública el pasado 9 de mayo
Hace unas semanas, Familias NEAE Sevilla se desplazó hasta el Francisca Romero para apoyar su lucha. La conexión es directa: sin el desdoble, las ratios siguen siendo inasumibles, y con ratios inasumibles, los niños con NEAE reciben menos atención de la que necesitan. José David ya no está en ese colegio, pero su historia ilustra exactamente lo que pasa cuando un niño con sus necesidades no recibe los recursos adecuados desde el principio.
Aprender sola las reglas del sistema
Lo que el sistema no vio
Laura aprendió a hablar tarde. Estuvo con logopeda hasta los seis años. Hace poco, una prueba genética dio positivo en un gen que podría explicar muchas cosas. No tiene diagnóstico. Nunca nadie le puso un nombre a lo que le costaba de niña.
Ahora tiene dos hijos con necesidades educativas especiales y ha tenido que aprender sola el lenguaje del sistema para poder defenderles. Lo que ella no recibió a tiempo, lo está peleando ahora para Hugo y para Lucas. La prueba genética no solo cerró un círculo. Abrió una pregunta que no tiene respuesta cómoda: cuántos niños como ella pasaron por el colegio sin que nadie supiese lo que necesitaban.
Hugo: once años con el dictamen equivocado
Hugo tiene once años y cursa 5º de primaria. Su diagnóstico, emitido por un psiquiatra, es CIL, capacidad intelectual límite, más TDL, trastorno del desarrollo del lenguaje. Pero durante años su dictamen oficial decía otra cosa: TDAH. Los apoyos que recibió en ese tiempo, PT y AL con adaptación curricular no significativa, estaban orientados hacia un perfil que no era el suyo.
El diagnóstico correcto llegó el año pasado. Hugo tenía diez años.
Diez años es mucho tiempo para recibir la respuesta equivocada. Es tiempo de clase, de exámenes, de momentos en los que un niño no entiende por qué le cuesta más que a los demás y nadie puede explicárselo bien porque el propio sistema tampoco lo sabe. El dictamen correcto no devuelve esos años. Pero al menos permite, a partir de ahora, dar los apoyos que corresponden al perfil real de Hugo.
Lucas: los apoyos que existen y los que todavía faltan
Lucas tiene ocho años y cursa 2º de primaria. Su diagnóstico es TEA grado 1 y trastorno del lenguaje, con discapacidad intelectual leve. Discapacidad reconocida del 49%. Tiene adaptación curricular significativa en matemáticas, lengua, inglés y conocimiento del medio: trabaja con contenidos de infantil, que es donde está su nivel real. Recibe apoyo de PT, AL y logopeda.
Sobre el papel, Lucas es el hijo con más recursos formales. En la práctica, no son suficientes.
La orientadora quiere volver a valorarle para que le asignen una PTis, una profesora técnica de integración social de apoyo individualizado. Eso significa que el propio sistema reconoce que lo que tiene ahora no es suficiente. Mientras llega esa valoración, Lucas sigue en clase con los recursos que ya tiene. Que no son los que necesita.
Lo que Laura le preguntaría a la Consejería
Este año, las familias de niños con NEAE en Sevilla dejaron de pelear solas. Familias NEAE Sevilla nació como movimiento colectivo y el 30 de abril celebró su primera concentración frente al Palacio de San Telmo, exigiendo a la Junta de Andalucía más recursos y una respuesta real para el alumnado con necesidades específicas de apoyo educativo. Laura formó parte de esa lucha desde el principio. No como madre desesperada, sino como alguien que lleva años documentando lo que falla y sabe exactamente qué preguntas no tienen respuesta.
Si tuviera delante a un responsable de la Consejería de Educación, le preguntaría esto: ¿Qué garantía real hay de que todos los alumnos terminan primaria leyendo, escribiendo y calculando? ¿Cuánto tiempo pasa desde que un niño muestra dificultades hasta que recibe apoyo efectivo? ¿Cuántas horas semanales de refuerzo recibe de media un alumno que lo necesita? ¿Qué mejora concreta van a conseguir en los próximos dos años que las familias puedan notar?
Desde El Quebradero nos pusimos en contacto con la Consejería de Educación de la Junta de Andalucía para trasladar estas y otras preguntas del movimiento. No obtuvimos respuesta.
Isa y Laura no se conocían antes de que el movimiento las juntara. Viven en barrios distintos, sus hijos van a colegios distintos, los diagnósticos son distintos. Pero el relato es el mismo: un sistema que llega tarde, que da menos de lo que necesitan, y que deja a las familias solas aprendiendo a pelear.
Las dos crecieron con dificultades que el sistema tampoco supo ver. Las dos están criando a hijos a los que ese mismo sistema ha llegado tarde. Y las dos siguen en pie, no porque el sistema las haya ayudado a estarlo, sino a pesar de él.
