Esta semana, miles de jóvenes de la provincia de Sevilla reciben sus notas de selectividad y se enfrentan a una pregunta que en apariencia es sencilla: ¿qué carrera voy a estudiar? En la práctica, la pregunta que realmente se hacen es otra: ¿qué carrera tiene más salidas? Son preguntas distintas. Y confundirlas tiene un coste que nadie les explica en el instituto.
La idea de que hay que elegir estudios en función del mercado laboral parte de una lógica comprensible: si vas a invertir cuatro o cinco años de tu vida y, en muchos casos, una cantidad considerable de dinero familiar, lo razonable es asegurarse de que al final habrá trabajo. El problema es que esa lógica, llevada a sus consecuencias, no solo no garantiza el resultado prometido. Con frecuencia, produce exactamente el contrario.
El mito de las salidas
Los datos más recientes de la Fundación BBVA y el Ivie, publicados en 2025, deberían hacer reflexionar a cualquier familia que aconseje a sus hijos en función de las salidas percibidas de cada carrera. En 35 campos de estudio de las ramas de Humanidades y Ciencias Sociales, menos de la mitad de los titulados consigue un empleo acorde a su formación. En los casos más extremos, ese porcentaje cae por debajo del 20%.
Lo llamativo no es el dato en sí. Lo llamativo es cuáles son esas titulaciones: Publicidad y Relaciones Públicas, Turismo, Criminología, Bellas Artes. Carreras que millones de estudiantes han elegido precisamente porque les dijeron que tenían salidas. Carreras que aparecían en los rankings de los orientadores, que sonaban modernas y empleables. Y que acaban siendo, en muchos casos, la ruta más directa hacia el subempleo.
España es, según el informe de indicadores educativos de la Comisión Europea de 2025, el país con mayor tasa de sobrecualificación de toda la Unión Europea: el 34,6% de los trabajadores con estudios superiores ocupa puestos para los que no necesita ese nivel de formación. La media europea está en el 20,9%. Casi el doble.
No es que los estudiantes españoles elijan mal. Es que el consejo de elegir por salidas no funciona.
El mercado laboral de 2030 no existe todavía
Hay una razón estructural por la que ese consejo falla: nadie sabe qué empleos existirán dentro de cinco o diez años. El estudiante que hoy empieza primero de carrera terminará su grado en 2029 o 2030. El mercado laboral que encontrará ese día no es el de hoy. Las profesiones más demandadas en este momento pueden estar automatizadas, saturadas o directamente obsoletas cuando ese joven busque su primer contrato.
Elegir carrera mirando las salidas actuales es como conducir mirando solo el retrovisor. La imagen que ves es real, pero no es el camino que tienes delante.
Lo que sí persiste en el tiempo, en cambio, es la motivación. El estudiante que elige algo que le apasiona aprende más, aguanta mejor los momentos difíciles y acaba dominando su campo con más profundidad que quien elige por seguridad. No es un argumento romántico: es lo que explica que los titulados en Matemáticas, Física o Ingeniería, carreras que nadie elegiría por ser «fáciles» ni por tener imagen de empleables entre el gran público, ocupen sistemáticamente los primeros puestos de inserción laboral en todos los estudios disponibles.
Trabajar de lo tuyo no garantiza vivir de ello
Conviene añadir aquí una honestidad que este tipo de artículos suele evitar. Hay familias en las que el margen de elección es muy estrecho. Estudiar lo que a uno le apasiona es, en cierta medida, un privilegio que no todos pueden permitirse. El coste de ciertas carreras, la necesidad de vivir fuera del municipio de origen, la presión de incorporarse pronto al mercado laboral: son condicionantes reales que no desaparecen por mucho que uno tenga vocación.
Pero incluso para esas familias vale la pena recordar algo que en el artículo sobre trabajadores pobres publicado en estas mismas páginas se señalaba con datos: en España, cerca de tres millones de trabajadores viven en situación de pobreza laboral a pesar de tener empleo. El título universitario, por sí solo, no garantiza salario digno. Elegir una carrera por miedo y terminar en un trabajo precario que no tiene nada que ver con lo estudiado es el peor de los mundos posibles: ni seguridad económica ni satisfacción personal.
La titulitis no es un problema de los jóvenes
Sería fácil culpar a los estudiantes de cortoplacismo, pero la responsabilidad no es suya. Durante décadas, el sistema educativo y el mercado laboral español han enviado el mismo mensaje: sin título no hay nada, con título hay opciones. Las empresas piden titulaciones para puestos que no las necesitan. La administración pública hace lo mismo. El resultado es una demanda artificial de diplomas que no mide competencias reales sino credenciales acumuladas.
Eso es la titulitis: no que haya demasiada gente estudiando, sino que el título se ha convertido en un fin en sí mismo en lugar de ser la consecuencia natural de haber adquirido un conocimiento valioso. Y cuando el título es el fin, la carrera se convierte en un trámite. Se estudia para aprobar, no para aprender. Se elige pensando en el contrato, no en el oficio.
La universidad no forma trabajadores
Y aquí llegamos a la pregunta que este debate casi nunca se hace: ¿para qué sirve la universidad?
Si la respuesta es «para encontrar trabajo», entonces la lógica de elegir por salidas es coherente, aunque ineficaz. Pero esa no ha sido históricamente la función de la universidad. La universidad no nació para producir mano de obra cualificada. Nació para formar personas capaces de pensar, de cuestionar, de construir argumentos y de sostenerse frente a la presión del discurso dominante.
Cuando se reduce la universidad a un instrumento de empleabilidad, se pierde todo eso. Y esa pérdida tiene consecuencias que van más allá del mercado laboral.
Una sociedad con poca diversidad de pensamiento, con pocas personas formadas en humanidades, en ciencias sociales, en filosofía o en historia, es una sociedad más fácil de manipular. Más propensa a comprar discursos simples. Menos capaz de identificar cuándo le están mintiendo. En artículos anteriores se ha hablado aquí de las burbujas informativas, de la polarización política y del deterioro del debate público. Hay un hilo que conecta todos esos fenómenos: la erosión del pensamiento crítico como valor colectivo.
No es un argumento abstracto. Es lo que ocurre cuando durante décadas se le dice a la gente que estudiar Filosofía o Historia del Arte es una pérdida de tiempo porque no tiene salidas. Lo que se pierde no es solo el tiempo de esos estudiantes. Se pierde la capacidad de una sociedad entera para leer la realidad con matices.
La pregunta correcta
Hay una escena que se repite esta semana en miles de hogares de la provincia. Un joven de diecisiete o dieciocho años, con la nota de selectividad en la mano, rodeado de adultos que le preguntan qué va a estudiar. Y antes de que pueda responder, alguien ya le está advirtiendo de que tal carrera no tiene salidas, que la otra está muy saturada, que lo mejor es elegir algo seguro.
Nadie le pregunta en qué quiere ser bueno.
Esa es la pregunta correcta. No «¿qué carrera tiene más salidas?», sino «¿en qué quiero profundizar lo suficiente como para ser realmente competente?«. No «¿qué me van a pedir en una entrevista de trabajo?», sino «¿qué me va a hacer mejor persona y mejor ciudadano?«.
Si seguimos empujando a los jóvenes a elegir carrera por miedo, fabricaremos una generación de titulados desmotivados en profesiones que no quieren ejercer, trabajando por debajo de su formación en empleos precarios, incapaces de identificar cuándo les están manipulando.
Eso no es un problema individual. Es un problema de todos.
