El gran timo de las hadas: por qué Conan Doyle quiso creer

El gran timo de las hadas, de Felix J. Palma.

Hay una pregunta que me lleva rondando desde que cerré el libro El gran timo de las hadas, de Félix J. Palma: ¿por qué el hombre que inventó a Sherlock Holmes —el ser humano más racional que ha parido la literatura, esa máquina de deducir con lupa y pipa— acabó firmando en la Navidad de 1920, en la portada de The Strand Magazine, un reportaje defendiendo que dos niñas de Yorkshire habían fotografiado hadas de verdad junto a un arroyo? La respuesta corta, la que se cuenta en las tertulias con guasa, es que estaba senil o embobado por el espiritismo. La respuesta larga, la que Palma persigue en este libro y la que me interesa a mí, es más incómoda: Arthur Conan Doyle había enterrado a su hijo Kingsley en la Primera Guerra Mundial. Y a un hermano. Y a una madre. Y a un cuñado. Y como él, medio Reino Unido estaba lleno de padres, madres y esposas que necesitaban urgentemente pruebas —fotográficas, científicas, del signo que fuese— de que sus muertos no eran solo carne enterrada en un campo de Flandes. Frances Griffiths, ya anciana, se lo dijo a la BBC en 1981 con una honestidad que me sigue estremeciendo: «tal vez querían creer». Guarda esa frase. Es la llave de este libro y, si me apuras, de bastantes cosas de la vida.

Porque de esa niebla nace El gran timo de las hadas (Destino, junio de 2024), y aquí conviene que desactivemos de entrada un malentendido que veo repetido en algunas reseñas de lectores: Palma no ha novelado el caso Cottingley. Ni Doyle es personaje, ni las niñas son personajes, ni Houdini aparece por ningún lado. Palma —autor de esa Trilogía Victoriana que se comió el mundo en más de treinta idiomas, sanluqueño de 1968 al que uno le debería estar mandando cartas de agradecimiento— ha hecho algo más sutil, y más listo. Ha novelado las consecuencias del caso. Ha imaginado la fiebre que se apoderó de Inglaterra cuando media población empezó a mirar el jardín con lupa buscando duendes, y ha metido en ese hueco a un matrimonio de pícaros —Alan y Violet Schofield— que abren un estudio de fotografía «mágica» donde te venden un retrato de tu desván bendecido por hadas al mejor precio. Luego llega un gánster escéptico, y ahí empieza la fiesta.

Publicidad

Los que llevamos años leyendo a Palma reconocemos el amueblado, y esa es la primera pregunta interesante de esta reseña: ¿le tenemos manía a los autores por hacer lo que saben hacer? Fernando Ariza defiende la novela con una frase que me parece perfecta: «entretiene sin engañar, agrada sin ser complaciente». Y remata con algo que suscribo con las dos manos: libros como este «tocan el sentido primigenio de la narración, que no es otro que el placer de la lectura». Santos Sanz Villanueva, en cambio dispara más frío: la llama «una parodia desatada», señala «personajes maniqueos sin densidad psicológica» y emparenta a Palma con el Eduardo Mendoza «descreído y posmoderno». Y aquí es donde uno tiene que hacer de mediador, porque los dos tienen razón a su manera. Sanz Villanueva la tiene, sí, si le pides a esta novela lo que no es: una obra sobre la textura interior del ser humano. Y Ariza la tiene, y la tiene mucho, si aceptas que lo que estás leyendo es picaresca eduardiana con corazón caliente, novela de aventuras con guiños al Peaky Blinders y al Ocean’s Eleven, celebración del arte de contar historias por el gusto de contarlas. No son juicios opuestos. Son juicios sobre libros distintos que resulta que se llaman igual.

Ahora bien, hay un reproche que no puedo pasarme por alto porque me lo hago yo mismo mientras leo, y es el estructural. Palma se toma casi doscientas páginas para reconstruir el pasado de Alan Schofield —orfanato, aprendizaje con un mago, deriva picaresca— antes de que el timo que promete el título arranque de verdad. Es un timo dentro del timo, muy palmiano, muy metaliterario, muy divertido si lo lees en clave de guiño; pero también es un boquete real para quien viene por las hadas y se encuentra con doscientas páginas de biografía dickensiana. Yo se lo perdoné porque los pícaros me atraparon, pero entiendo perfectamente a quien lo cierre con un hermano, ¿a qué estamos jugando aquí?. La estructura es lo más discutido del libro, y es discutible con razón. Aunque cuando llega la segunda parte y arranca el timo propiamente dicho, la novela se vuelve un cohete y no la puedes soltar.

Pero es que la premisa emocional —volviendo a lo que de verdad importa— redime cualquier defecto estructural. Palma lo ha dicho en cada entrevista: «a veces necesitamos de la mentira para sobrellevar la existencia». Esa es la pulsión del libro. La novela no juzga a los engañados de Cottingley; los abraza. No se ríe del padre que compra la foto de un hada creyendo que su hijo caído le manda una señal desde el otro lado; le pone la mano en el hombro. Y ahí es donde una novela de picaresca se convierte en una novela de verdad. Porque la pregunta que subyace no es «¿cómo se hicieron esas fotos falsas?», que ya sabemos que las hicieron dos niñas con recortes de un libro para niñas de Princess Mary; la pregunta es «¿por qué millones de personas prefirieron creer que eran de verdad?». Y la respuesta, la que Palma destila con delicadeza sanluqueña, es que a veces preferir el consuelo a la verdad no es una debilidad. Es simplemente ser humano.

Se me ocurren pocos autores capaces de meter esta reflexión en una novela de timadores sin que se les note el mensaje. Palma lo consigue porque además ha confirmado que este libro abre nueva trilogía y que la segunda entrega se ambientará en el Los Ángeles de los años treinta con los monstruos de la Universal —Bela Lugosi, Karloff, Drácula, Frankenstein—, otra vuelta de tuerca al cruce entre la mitología popular y la fábula sobre por qué necesitamos monstruos y hadas para poder mirarnos al espejo.

Cierro sin veredicto, que no es lo mío, con una imagen que Palma coloca en algún rincón del libro: una campanita que emite un tintineo tenue, «como de lágrimas de desamor cayendo al suelo». Así suena esta novela. Así suena, quizás, la puerta del jardín donde dos niñas de Yorkshire consiguieron que un país entero, incluyendo al hombre más racional del mundo, quisiera creer que las hadas todavía se dejaban fotografiar. Y así suena, si escuchas con atención, la razón por la que sigues leyendo novelas a estas alturas de la vida. Palma lo sabe. Y por eso ha escrito este libro.