Sevilla, 13 de febrero de 2026. Las elecciones autonómicas del 8 de febrero de 2026 en Aragón han dejado un resultado sin mayorías absolutas y con un Parlamento más fragmentado, un patrón que la comunidad arrastra desde el inicio de su etapa autonómica. El PP de Jorge Azcón fue la lista más votada y obtuvo 26 escaños, pero quedó lejos de la mayoría absoluta y necesitará acuerdos para gobernar. En paralelo, el PSOE cayó hasta 18 escaños, mientras Vox duplicó su representación con 14 y Chunta Aragonesista (CHA) creció hasta 6. Aragón Existe quedó con 2 y IU–Movimiento Sumar logró 1. Otras candidaturas como PAR, Podemos–Alianza Verde o SALF no obtuvieron representación.
La aritmética parlamentaria vuelve a situar el foco en la negociación. Aragón es una comunidad que no ha conocido mayorías absolutas en su autogobierno, con una tradición de pactos y gobiernos condicionados por fuerzas intermedias, especialmente regionalistas.
Los datos del 8-F reflejan un doble movimiento: los partidos tradicionales pierden apoyos y, al mismo tiempo, crecen fuerzas situadas en los márgenes ideológicos o con perfiles más marcados. Respecto a 2023, PP y PSOE retroceden en votos, mientras Vox y Chunta Aragonesista (CHA) protagonizan los mayores incrementos en apoyos.
En esa lectura, parte del resultado puede interpretarse como una transferencia de confianza desde las formaciones mayoritarias hacia opciones que capitalizan el malestar, ya sea por la vía de la derecha más dura o por la del regionalismo con mayor carga identitaria.
Ese desplazamiento no implica una ruptura completa con el patrón aragonés, tradicionalmente sin mayorías absolutas. Aragón se ha construido políticamente sobre pactos y parlamentos fragmentados, con épocas en las que fuerzas intermedias o regionalistas han sido determinantes. En esta ocasión, sin embargo, el debilitamiento de los grandes partidos coincide con un crecimiento de opciones más polarizadas, lo que puede tensionar las negociaciones posteriores y reducir el espacio de acuerdos transversales.
El resultado coloca al PP como primera fuerza, pero con un margen insuficiente para sostener un Ejecutivo en solitario. La mayoría absoluta se fija en 34 escaños y ningún partido en la historia de Aragón ha gobernado con mayoría absoluta, un dato que refuerza la idea de continuidad institucional: la victoria no es sinónimo de gobierno automático.
Entre los datos más destacados de la noche electoral figura el crecimiento de CHA, que pasa a seis diputados y se convierte en el partido de la izquierda que más mejora sus resultados.
Comparado con 2023, el avance más visible se concentra en Vox y CHA: Vox gana cerca de 42.000 votos y CHA suma casi 30.000 apoyos más, mientras PP y PSOE pierden votos, con un retroceso especialmente acusado en el caso socialista.
En términos de gobernabilidad, el ascenso de una fuerza regionalista como CHA introduce un matiz relevante: amplía la presencia de opciones centradas en agenda territorial y autogobierno, un perfil que históricamente ha tenido capacidad para condicionar acuerdos en Aragón. Ese espacio, durante décadas, lo ocupó de forma muy marcada el PAR, partido que llegó a presidir la comunidad y a pactar con ambos grandes partidos, aunque ahora se arriesga a desaparecer de las Cortes en este ciclo.
El PSOE, con 18 escaños, se sitúa en uno de sus peores registros en la comunidad, en una elección que además tenía un valor simbólico por el perfil nacional de su candidata.
La subida de Vox es el otro gran dato de la noche: de 7 a 14 escaños, un crecimiento que aumenta su peso en la negociación y que, en términos prácticos, lo convierte en un actor clave si el PP opta por una mayoría de derechas.
Aun así, el resultado no se reduce a un pulso entre dos bloques. Aragón Existe mantiene dos escaños e IU–Movimiento Sumar obtiene uno, lo que confirma que el Parlamento seguirá contando con partidos de implantación territorial o nichos ideológicos concretos, aunque con menos margen que en la legislatura anterior.
Una comunidad acostumbrada a pactar
La fotografía final encaja con la trayectoria autonómica aragonesa: gobiernos apoyados en acuerdos variables, con etapas donde el regionalismo fue decisivo y un reparto de poder que raramente permite mandatos sin negociación. Ese historial ha hecho del multipartidismo una “marca de la casa”, aunque con un cambio de fondo: el declive de los regionalismos tradicionales y la aparición de nuevas fuerzas que reordenan el centro político.

